Irene, una guapa profesora

Irene es una guapa profesora de educación infantil en un colegio concertado. Se trata de una mujer alta, delgada, con el pelo rubio que siempre lleva en media melena, unos ojos bonitos y llamativos y muy buen cuerpo. Se conserva estupendamente y a pesar de que ha tenido dos hijos y acaba de superar los cuarenta años, se mantiene muy joven y está completamente lisa.

A partir de los quince años se sintió muy predispuesta para la práctica sexual y en el instituto en el que cursó sus estudios contaba con dos buenas amigas, Alicia y Beatriz, que, al igual que ella, tenían muchas inquietudes sexuales por lo que Irene, además de masturbarse casi todas las noches cuándo se acostaba y ser una autentica especialista en provocarse la cagada introduciéndose dos dedos en el culo, comenzó a mantener con ellas una actividad sexual bastante frecuente y aunque lo más normal era que lo hicieran en una vivienda que los padres de Alicia tenían desocupada, cuándo el tiempo lo permitía las gustaba relacionarse al aire libre. Se tocaban, se masturbaban y se comían mutuamente el coño hasta que, tras alcanzar varios orgasmos, cada una de ellas deleitaba a las otras dos meándose de gusto, echando sus chorros de pis al más puro estilo fuente. Después de varios meses de actividad sexual, Irene comenzó a sentirse atraída por el culo de sus amigas y empezó a hurgarlas analmente con sus dedos haciendo que la mayoría de las veces no pudieran evitar liberar su esfínter y echaran unas copiosas cantidades de caca que, cuándo era sólida y en “chorizos”, Irene no dudaba en degustar diciéndolas que estaba muy buena mientras sus amigas, al verlo, sentían repugnancia y más de una arcada.

Durante su último curso en el instituto decidieron ampliar su actividad sexual al terreno hetero y aprovechándose de que Alicia era muy lanzada, la animaron a intentar ligar con los compañeros de estudios que las gustaban. Eran muy pocos los que declinaban la propuesta de salir con Alicia, una chica muy desarrollada, dotada de unas tetas grandes y prietas y un bonito culo. La cría, contando siempre con la colaboración de sus amigas, paseaba con el chico de turno por zonas poco frecuentadas para hacerle una buena paja en cuanto se presentaba la ocasión. No la importaba repetir con los más dotados permitiendo que, para se excitaran más mientras les movía el rabo, la tocaran las tetas, la masa glútea e incluso, la raja vaginal. La mayoría de ellos no tardaban en mostrarla su interés por penetrarla a lo que Alicia, mientras no estuviera con la regla, no solía poner pegas conociendo que Beatriz e Irene les seguían y que aparecerían en cuanto el chico la metiera el rabo sabiendo lo que cada una tenía que hacer. De esta manera y ante el asombro del chico, las dos chicas hacían acto de presencia para situarse junto a la pareja y mientras le animaban a seguir “cepillándose” a Alicia, Beatriz se ocupaba de apretarle y de golpearle los huevos con sus dedos para evitar corridas demasiado rápidas mientras que Irene le hurgaba con todas sus ganas en el culo. A pesar de su excitación era rara la ocasión que el chico conseguía correrse en el interior de la húmeda almeja de Alicia puesto que Beatriz estaba muy pendiente para obligarle a sacar el rabo del chocho de Alicia en cuanto esta alcanzaba un par de orgasmos para que el chico echara la leche a Alicia en las tetas ó en los pelos púbicos mientras ella le movía el “instrumento” con una de sus manos. Pero buena parte de ellos no llegaban a correrse ya que, al no estar acostumbrados a que les hurgaran en el culo, en vez de echar la leche se meaban dentro de la seta de Alicia y no podían evitar cagarse delante de las tres chicas que, sin dejar de reírse, lograban que terminaran avergonzados, con el rabo completamente “fofo” y sin ganas de sexo durante una buena temporada.

Pero al finalizar sus estudios en el instituto y comenzar los universitarios las tres amigas se tuvieron que separar puesto que cada una comenzó una carrera distinta y en un lugar diferente. A Irene, durante su etapa universitaria, la eligieron madrina de la promoción y aquello la facilitó el salir y relacionarse con un buen número de chicos. Su fama de “calienta rabos” la obligó a prodigarse haciéndoles pajas para aliviarles y a los chicos les encantaba que, aunque de proceder a moverles el rabo con su mano, se lo pusiera tieso tocándoles los huevos. Los domingos la gustaba ir al cine con alguno de ellos aunque, tras colocarse en un rincón de las últimas filas, no prestaban demasiada atención a la película puesto que Irene, en cuanto comenzaba la proyección, permitía que el chico la “metiera mano” para tocarla las tetas antes de que la sobara el coño a conciencia. Cuándo el hombre estaba completamente empalmado se ocupaba de hacerle una paja muy lenta sin dejar de pasar uno de sus dedos gordos por la abertura del rabo con lo que conseguía que, casi siempre, echaran unas cantidades impresionantes de leche. Cuándo se encontraba con algún chico especialmente vicioso, bien dotado y con una potencia sexual excepcional solían abandonar la sala tras hacerle la paja para dirigirse al water de mujeres del establecimiento donde Irene, en cuanto el chico se desnudaba y se sentaba en el inodoro, le chupaba el rabo y le cabalgaba todo lo que fuera preciso para que quedara satisfecho aunque estaba muy atenta a incorporarse, extrayendo el “instrumento” del interior de su almeja, cada vez que notaba que el chico empezaba a sentir el gusto previo a la corrida para evitar que la echara la leche dentro del chocho.

Durante su etapa universitaria tampoco la faltó sexo lesbico ya que se alojó en una residencia femenina. Su compañera de habitación, Victoria, era una chica muy estreñida y cuándo llevaba tres ó cuatro días sin defecar empezaba a pasarlo realmente mal e ingería masivamente todo tipo de laxantes. Irene se ofreció a aliviarla y en cuanto se levantaban por la mañana, Victoria se sentaba en el water dejando que su compañera metiera una de sus manos entre sus abiertas piernas y la introdujera dos dedos muy profundos en el culo con los que la hurgaba sin descanso al mismo tiempo que la obligaba a apretar sus paredes réctales y la pasaba dos dedos por la raja vaginal. Victoria se meaba enseguida y aunque lo más normal era que no tardara en expulsar su caca, algunos días Irene tuvo que meterla lápices y otros objetos largos para que, al entrar en su intestino, la ayudaran a echar la mierda. Poco a poco, las caricias vaginales que Irene prodigaba a Victoria mientras esta última conseguía defecar se convirtieron en una masturbación en toda regla que culminaba en el momento en que Victoria volvía a mearse abundantemente. Aquella actividad hizo que Victoria no tardara en olvidarse de su estreñimiento y se convirtiera en una chica muy regular en sus defecaciones vaciando su intestino por la mañana en cuanto se levantaba. Su nueva fama de “saca mierda” se extendió con rapidez por la residencia y aparte de encontrarse con un nutrido grupo de compañeras con estreñimiento crónico deseosas de que actuara con ellas de la misma forma que con Victoria, hizo que, cuándo lo deseaba, la resultara fácil dar con alguna dispuesta a pasar la noche con ella aunque la más asidua fue su propia compañera de habitación que siempre estaba muy caliente. A Irene la gustaba echarse sobre Victoria y restregar su seta contra el de su compañera mientras se hurgaban mutuamente en el culo hasta que, después de correrse unas cuantas veces, se meaban echando su pis encima de la otra. Con las demás su actividad sexual, al igual que con Alicia y Beatriz, se limitaba a tocarse, masturbarse y comerse el coño pero todas las féminas se mostraban muy entusiasmadas de que Irene las forzara hasta que, después de alcanzar el orgasmo en varias ocasiones e inmersas en un intensísimo gusto, se meaban a chorros con lo que la presencia del pis se convirtió en habitual en casi todos sus contactos.

Durante sus periodos vacacionales echaba en falta la frecuente actividad sexual y de manera especial la lesbica, que llevaba a cabo durante las épocas lectivas por lo que, en cuanto se enteró a través de una conocida, se puso en contacto con una mujer separada próxima a los cincuenta años a la que la gustaban las chicas jóvenes, cerdas y multiorgasmicas que se corrieran con facilidad y rapidez. Después de hablar con ella y acordar hacerlo dos veces a la semana, la mujer, tras atarla las tetas con cuerdas para que se la pusieran aún más gordas y prietas, la masturbaba con sus dedos unos diez minutos durante los cuales Irene se corría de cinco a seis veces. Cuándo el tiempo se agotaba, aprovechaba el momento en que Irene estaba en pleno orgasmo para presionarla con fuerza la almeja haciendo que, sintiendo un intenso gusto, la chica vaciara por completo su vejiga urinaria echando a chorros unas abundantísimas cantidades de pis que la fémina, tras beberse un buen trago según salía del chocho, recogía en un gran frasco de cristal. Después la hacia ponerse a cuatro patas y mientras la mantenía bien abiertos los labios vaginales y la acariciaba la raja vaginal, la penetraba por el culo usando un consolador ó una braga-pene. A Irene, que durante el proceso se volvía a correr lo que incitaba a la fémina a forzarla con más energía, la gustaba. Cuándo la mujer notaba que Irene estaba a punto de cagarse, la sacaba el “juguete” y la hurgaba con sus dedos hasta que la chica se los impregnaba de caca. Aunque la decía que retuviera su mierda lo más posible, en cuanto la sacaba los dedos, echaba unas impresionantes cantidades de caca que la mujer, después de comerse un buen trozo, recogía en bolsas de plástico. La fémina quería mierda sólida en gordos y largos “chorizos” y se enfadaba mucho cuándo salía líquida. Lo que no faltaba nunca era el volver a hurgarla con sus dedos buscando que echara más caca mientras, sin dejar de llamarla golfa y guarra, la golpeaba con fuerza en la masa glútea hasta que se la ponía como un tomate. Después de limpiarla el ano con su lengua, la mujer la volvía a “poner” de lo más salida a base de darla unos golpecitos suaves en la seta para, en cuanto estaba húmeda, obligarla a “hacerse unos dedos” mientras veía como la fémina, siguiendo una especie de ritual, metía la ropa interior que había llevado puesta en sus excrementos empapándola primero en su pis; después y con sumo detenimiento la impregnaba en la mierda y finalmente, la volvía a sumergir en la meada de Irene. Como obtenía buenos beneficios vendiendo la ropa interior de Irene bien mojada en su pis e impregnada en su caca, a cambio de quedarse con sus prendas íntimas la daba dinero y unos conjuntos, bonitos y caros, de ropa interior. Mientras Irene se vestía y casi siempre con prisa puesto que la siguiente llevaba un buen rato esperando su turno, quedaban en volver a hacerlo dos ó tres días más tarde sin que la mujer la dejara de recordar que debía de llegar con el intestino y la vejiga urinaria lo más llenos posible.

Sin abandonar esta actividad sexual, que durante los periodos lectivos universitarios la obligó a pasar los fines de semana en el domicilio de sus padres, comenzó a relacionarse sexualmente con uno de los chicos que más se había prodigado en acompañarla en sus visitas dominicales al cine. El hombre, a pesar de que no disponía de un rabo excepcional y se limitaba a correrse una sola vez, se lo hacía de maravilla provocándola unos orgasmos descomunales y como siempre tenía la precaución de sacársela en cuanto notaba el gusto previo a la corrida la permitía disfrutar viéndole echar unas cantidades de leche impresionantes. Al ver que Emilio, su amigo, no perdía fácilmente la erección le hizo volver a introducirla el rabo tras haberse corrido y aunque el chico no parecía poner demasiado interés, en cuanto Irene empezó a hurgarle en el culo con sus dedos y le obligó a que, echado sobre ella, se la follaba con movimientos rápidos pudieron sacar todo el provecho de la potencia sexual de Emilio descubriendo que, si descansaba unos minutos cada vez que echaba la leche y aunque tardara en eyacular, era capaz de correrse en cuatro ocasiones y que, al llegar a su límite sexual, se meaba cosa que a Irene la encantaba que hiciera con el rabo bien introducido en su coño.

En cuanto acabó sus estudios universitarios y consiguió su primer trabajo, aunque este fuera provisional, decidió romper su relación con la mujer que la masturbaba puesto que cada día que acudía a su domicilio tenía que esperar más tiempo a que la llegara el turno que lo que, luego, empleaba en hacérselo. A la fémina no la importó mucho ya que, aunque Irene se había convertido en una de las asiduas más cerdas, no la faltaba clientela y se acababan de incorporar dos chicas jóvenes que, además de ser muy meonas, liberaban con facilidad su esfínter.

La intensa relación sexual que Irene mantenía con Emilio hizo que naciera entre ellos algo más que el propio deseo de satisfacerse y que, dejando un poco más de lado el tema sexual, decidieran hacerse novios. Pocos meses después decidieron casarse y mientras se iban instalando en el piso que habían comprado para vivir tras su matrimonio volvieron a mantener relaciones sexuales muy frecuentes hasta llegar a hacerlo prácticamente todos los días y los fines de semana en más de una ocasión. Emilio empezó a echarla en el interior de la almeja dos ó tres buenas raciones de leche en cada sesión y como a Irene la excitaba que la “mojara”, cada día que pasaba se sentía mucho más entregada y relajada durante su actividad sexual. Pocos días antes de su boda y tras obligarla su médico de cabecera a hacerse la prueba del embarazo, supo que el importante retraso que acumulaba con su regla era a cuenta de que estaba preñada. A Emilio no le dijo nada hasta diez días después de contraer matrimonio y el hombre se mostró muy complacido y contento al conocer la grata noticia. En menos de tres años la pareja tuvo a sus dos hijos: Gonzalo y una niña muy guapa llamada Perla. Irene, que ya tuvo algunos problemas durante su primer embarazo, sufrió un aborto natural seis meses después de dar a luz a su hijo y se encontró con complicaciones de todo tipo durante el segundo hasta el extremo de que, en el momento del parto, fue necesario hacerla la cesárea. Como no deseaba volver a pasar por el calvario en que se había convertido su segundo embarazo y tras probar con el DIU, al que no se adaptó, comenzó a tomar anticonceptivos orales.

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Consejos y recomendaciones para tu viaje a Sicilia

Antes de partir de viaje a Sicilia conviene recordar algunos consejos y recomendaciones:

– Sicilia es muy grande y no conviene intentar verla toda en una semana. Ciudades como Palermo y Catania están en los dos opuestos de la isla; o Agrigento

– Las islas Eolias bien merecen un viaje exclusivo de una semana. Pretender ir y volver en un día no tiene mucho sentido, por lo que al menos debemos dedicar tres días y aún así no las veremos todas.

– Los enchufes en Sicilia son normalmente como los de España, pero no está de más llevar un adaptador

– El cine puede sernos de utilidad como aproximación para conocer parajes de la isla y el carácter siciliano.

– La cobertura sanitaria con el documento E-111 para ciudadanos españoles nos permite acudir a los hospitales y ser atendidos, si bien no está de más preguntar antes a nuestro servicio sanitario público o privado.

– Para evitar sorpresas con los monumentos, museos, iglesias o lugares turísticos, es mejor asegurarnos de los horarios previamente ya que por motivos festivos o de índole desconocida nos podemos llevar sorpresas inesperadas.